Antecedentes históricos Archives - Órdenes de Caballería de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa

Del peral a la cruz flordelisada

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Blasón de la Orden de San Julián del Pereiro
Blasón de la Orden de San Julián del Pereiro

Los orígenes de la Orden de Alcántara, según el cronista del siglo XVII y Prior de Alcántara Alonso de Torres y Tapia, tienen sus días fechados en 1156 por grupo de caballeros de Salamanca, a cuyo frente estaba don Suero Fernández Barrientos, estableciéndose cerca de un pequeña Iglesia en el Pereiro, a orillas del Río Coa, con devoción a San Julián, adoptando el nombre de Orden de San Julián del Pereiro y  tomando como blasón un peral silvestre con las raíces descubiertas y sin hojas sobre campo de oro.

Es muy probable que los freiles de San Julián se cambiaran de una comunidad monástica a una orden militar entre los siete años que median entre las bulas de los Papas Alejandro III (1176) y Lucio III (1183). La posterior bula de Lucio III (año 1183), concedida a Gómez y a su comunidad de San Julián del Pereiro, refleja una apreciable evolución institucional en el mencionado grupo. Dicha bula, además de reconocer su vocación religioso-militar por las circunstancias vividas en el reino leonés, introdujo a los freires en el orden monástico benedictino.

La Orden de San Julián también se extendió a territorios castellanos como Trujillo y según Corral Val, parece cierto que en 1188 las cofradías militares del Pereiro en León y de Trujillo en Castilla constituían una sola milicia bajo dos denominaciones en los mencionados reinos. Ambas tienen el mismo Gran Maestre, D. Gómez Fernández Barrientos y se llevan la regla del Cister.

Mapa de la transierra leonesa, con algunos de sus castillos, fortalezas y principales vias de comunicación en el S. XII

Luis de mármol, en La Crónica General de la O. de Alcántara nos aclara: “En la Era de 1226 (1188) fue don Gómez a besar la mano del rey don Alonso de Castilla y hacerle saber, cómo ya tenía en Truxillo fundado el convento de su Orden, y suplicarle se sirviese de mandarle señalar renta o hacienda fixa con que poder sustentarse; oyole con gusto por el grande que recibía de tener en su reyno Orden tan lustrosa, y caballeros de tanto valor y de quien esperaba le habían de servir con grande lealtad, y luego les hizo merced de la villa de Ronda, término de Montalván, Reyno de Toledo, como consta en el privilegio… Luego como el rey don Alonso de Castilla mandó dar su privilegio de la donación de Ronda al maestre don Gómez y a su convento de Truxillo, tomaron la posesión y trataron de poblar la villa: sobre la división de los términos parece que hubo alguna diferencia con los caballeros del Templo y convento de Montalván… Suplicole se sirviese de confirmar a su convento de Truxillo la merced y donación de Ronda…”

Blasón de la Orden de San Julián del Pereiro un peral silvestre con las raíces descubiertas y sin hojas sobre campo de oro

El 17 de enero de 1214 Alfonso IX toma Alcántara, y en mayo de 1217 concedió la villa y la fortaleza de Alcántara  a la Orden de Calatrava para que allí sus freires fundaran un convento con su maestre para servir al rey y hacer la guerra a los sarracenos. Sin embargo, los freires calatravos decidieron suscribir en 1218 un acuerdo con la leonesa orden de San Julián del Pereiro, a la que cedían todas las posesiones calatravas en el reino de León, para que instalaran en Alcántara su convento central y cumplieran las funciones que el rey leonés había encomendado a la orden de Calatrava.
-Los freires del Pereiro se comprometieron a recibir la visita y acatar la obediencia del maestre de Calatrava, según la orden del Císter.

  • Acordaron que no debían ser obligados a recibir un monje cisterciense como prior si no lo deseaban, como era el caso de Calatrava, sino que podían elegirlo de su propia casa, de la orden de Calatrava o de sus filiales.
  • La orden de Calatrava, a cambio de esta supeditación en algunos aspectos de los freires del Pereiro, cedía a éstos Alcántara y todas sus posesiones, escrituras, privilegios y bienes muebles en el reino de León y reconocía al maestre del Pereiro el derecho a ser llamado, cuando el maestre calatravo muriera o fuera depuesto, para elegir nuevo maestre.
  • Por último, en el acuerdo se prohibía al maestre de Calatrava el derecho de enajenar o transferir cualquier bien de la orden del Pereiro sin el consentimiento de la misma, pero si así la hiciese, el rey de León tenía la facultad de reparar dicha enajenación.

Desde entonces la orden pasó a denominarse del Orden del Pereiro y Alcántara, y adoptaron como emblema el peral con las trabas y acolada la cruz flordelisada. Este titulo (el de maestre del Pereiro y de Alcántara) tyuieron algunos de sus successores, hasta que la Yglesia de Sant Julián del Pereyro con sus términos fue hecha Encomienda y los Maestres se quedaron con solo el título de Alcántara.

Pero no es hasta 1411 cuando por Bula de Benedicto XIII al Maestre y a todos los freires de la Orden de Alcántara, por la que concede a petición de estos, suprimir la capucha de los escapularios y sustituirla por el signo de la cruz flordelisada (de paño y de color verde) colocado en la parte pectoral izquierda del hábito.

Bibliografía:

Torres y Tapia, A. de. Crónica de la orden de Alcántara, 2 vols. Madrid 1763. Publicada
en ese año pero escrita ya por su autor —prior de la orden de Alcántara- 1622
Luis Corral Val, LA FILIACIÓN CISTERCIENSE DE LA ORDEN DEL PEREIRO-ALCÁNTARA DESDE SUS ORÍGENES HASTA EL SIGLO XVI.
Luis de Mármol, Crónica General de la Orden de Alcántara
Bulario de Alcántara pp. 187-188

Las Ordenes Militares españolas hoy

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a) El Real Consejo

Esas cuatro ordenes siguen navegando por el difícil curso de la historia con dos características comunes: el hecho de que S.M. el Rey sea Gran Maestre de las cuatro y administrador perpetuo por delegación apostólica y el hecho de pertenecer al Real Consejo de las ordenes Militares, una institución que es una de los últimos descendientes del sistema de Consejos por el cual se gobernaba la monarquía hispánica en tiempos de los Austrias. Este Real Consejo, integrado por miembros de las cuatro ordenes actúa como su órgano de gobierno y coordinación entre ellas. Es el encargado de aprobar los expedientes de admisión de nuevos caballeros, y junto con los capítulos generales, regular las actividades de las mismas. Actualmente consta de ocho Consejeros, dos por Orden, un Secretario, un Consejero-Fiscal y un Decano-Presidente, todos ellos nombrados por S.M. el Rey. También asisten un informante por Orden para revisar los expedientes de ingreso de los nuevos caballeros. Por último, por cuestiones organizativas, también asisten, sin voto, los secretarios de cada una de las cuatro Ordenes. La forma jurídica del Real Consejo de las ordenes Militares es actualmente la de una Federación de Asociaciones.

b) Organización de las Ordenes Militares en la actualidad

Las Ordenes Militares Españolas continúan manteniendo una organización básicamente idéntica a la que tenían durante el antiguo régimen con las siguientes salvedades: a resultas de las desamortizaciones del siglo XIX los freires conventuales de todas ellas han desaparecido, así como la rama conventual femenina de la orden de Alcántara. Las ordenes de Santiago y Calatrava todavía continúan teniendo monjas comendadoras (la orden de Montesa nunca las tuvo): la de Santiago tras conventos, uno en Granada y otro en Madrid y otro más en Toledo, y la de Calatrava en Burgos y Moralzarzal (Madrid). Sin embargo, aunque conservando muchos lazos, las ramas femeninas de las Ordenes Militares, a consecuencia del devenir histórico, son básicamente independientes. Actualmente se organizan en dos federaciones de conventos, una de comendadoras de Calatrava y otra de comendadoras de Santiago.

Los caballeros se dividen en dos clases: novicios y profesos. Los novicios son aquellos caballeros recién cruzados en la ceremonia de toma de hábito que, tras un año de permanencia en las Ordenes y tras pasar unos Ejercicios Espirituales organizados por el Real Consejo (en sustitución de los tres meses que antiguamente habían de pasarse en un monasterio de sus respectivas Ordenes), toman sus votos definitivos y pasan al estado de profesos.

Los votos a los que todos los caballeros deben someterse son los siguientes:

  1. Castidad conyugal: sustituye al antiguo voto de castidad que tenían los caballeros en la Edad Media, excepto en la Orden de Santiago que nunca lo tuvo. Este voto fue sustituido en siglo XVI por el de castidad conyugal gracias a la llamada “bula del casar” .
  2. Obediencia a su respectiva orden.
  3. Pobreza: a raíz de la “bula del casar” se entendió este voto como pobreza de espíritu, así como no realizar gastos suntuarios excesivos. Antiguamente, hasta 1931, se exigía, como remanente de este voto, a los caballeros manifestar al Gran Maestre su estado de riqueza. Actualmente las ordenes entienden que este requisito se cumple al realizar las declaraciones de Renta y Patrimonio.

Dentro de los caballeros profesos hay una serie de dignidades, que son los cargos más importantes de las ordenes. Suelen recaer en los caballeros que más tiempo llevan con el hábito y su nombramiento depende, en general, del Rey a propuesta del Real Consejo o de la propia Orden. Las  principales dignidades son las siguientes:

  • En la Orden de Santiago:
    1. – Comendador mayor de Castilla, actualmente ocupado por S. A. R. el Príncipe de Asturias.
    2. – Comendador mayor de León.
    3. – Comendador Mayor de Montalbán,
    4. A parte de estas tres dignidades e incluidas en ellos, existe otro cargo en la Orden de Santiago que es el de “Trece”. Los Trece son la cabeza de la Orden y representan los primitivos trece caballeros fundadores.
  • En la Orden de Calatrava: – Comendador Mayor
    1. –    Comendador Mayor de Aragón.
    2. –    Clavero.
    3. –    Obrero.
  • En la Orden de Alcántara: – Comendador Mayor.
    1. –    Clavero.
    2. –    Alférez.
    3. –    Comendador de Castilnovo (es cargo de la Orden, pero no dignidad)
  • En la Orden de Montesa: – Lugarteniente General.
    1. –    Clavero Mayor sustituto del Lugarteniente General.
    2. –    Alférez y Comendador de Alcalá de Gisbert.

Actualmente la Orden de Santiago cuenta con 69 caballeros, la de Calatrava con 81, Alcántara 47 y Montesa con 60 haciendo un total de 257 caballeros.

Hay una gran diferencia entre la Orden de Santiago y las otras tres en cuestiones rituales y de culto, derivadas del hecho de que la Orden de Santiago se rige bajo la Regla de San Agustín, siendo las otras tres cistercienses. Los hábitos de las Ordenes Cistercienses se componen del escapulario, con su cruz sobre el pecho, y del manto de coro o capitular. Este es igual en la forma para las Ordenes de Calatrava y Alcántara con la diferencia de que cada cual lleva su propia cruz. El manto de Montesa es diferente pues lleva dos picos terminados en borla que se llevan sobre los brazos. En la Orden de Santiago todo el hábito es de un solo cuerpo, que se abrocha por detrás. Las dignidades llevan el birrete de color negro, con los vivos y el borlón de color rojo, las de las Ordenes de Santiago, Calatrava y Montesa, y de color verde las de Alcántara. Los caballeros profesos, llevan el birrete blanco y los vivos y el borlón a semejanza con las Dignidades. En los Novicios de todas las Ordenes los vivos del birrete y el borlón son de color blanco. Los cordones son similares en las Ordenes de Santiago, Calatrava y Alcántara, siendo los de Montesa partidos y se abrochan sobre el Manto.

Los requisitos necesarios para poder profesar son el de llevar de novicio un año, y realizar unos ejercicios espirituales de los que anualmente convocan las Ordenes.

c) Bienes de las Ordenes Militares.

Tras las desamortizaciones del siglo XIX a penas le han quedado bienes materiales a las Ordenes Militares españolas. El Real Consejo fue entregando en depósito toda la documentación que poseía en sucesivas tandas al Archivo Histórico Nacional hasta 1931, quedando tan solo su Biblioteca, de gran interés histórico, que esperamos próximamente abra sus puertas a los investigadores. También el Real Consejo ejerce el patronato de una fundación, la Fundación del Hospital de Santiago, que a su vez posee el Hospital de Santiago de Cuenca,  dos dehesas y un pinar en esta provincia, cuyos ingresos van a parar a la citada Fundación. Este Hospital y las tierras adjuntas pertenecieron a la Orden de Santiago hasta 1877 en que se las hizo depender de una Fundación del Real Consejo para una mejor protección de estos bienes. Las cuatro Ordenes actualmente carecen de bienes, si exceptuamos los documentos entregados al depósito del Archivo Histórico Nacional durante los dos siglos pasados, así como una serie de elementos suntuarios y de culto

d) Actividades y fines actuales de las Ordenes Militares.

Los tres fines tradicionales de las cuatro Ordenes Militares españolas son los siguientes:

  • Culto divino
  • Defensa de la fe
  • Santificación personal

Las Ordenes intentan cumplir estos fines mediante la celebración de sus ceremonias religiosas tradicionales y la atención pastoral a sus miembros

A estos tres se suman dos dados recientemente por el Obispo de Ciudad Real y Prior de las Ordenes Militares, Monseñor Torrija :

  • Un fin benéfico
  • Un fin histórico-cultural

También dentro de estos fines comunes se ha de subrayar la vocación hospitalaria de la Orden de Santiago.

Las actividades benéficas que realizan las Ordenes son las siguientes:

  • Las Órdenes son los Patronos del Hospital de Santiago en Cuenca. Institución que tiene su origen en el año de 1182, al donar unas casas, los Caballeros D. Tello Pérez y D. Pedro Gutiérrez, al primer Maestre de la Orden de Santiago Frey D. Pedro Fernández. En un principio destinaron la fundación a restablecimiento de cristianos rescatados del cautiverio de los árabes, y hacia 1250 se transforma en Hospital para enfermos y peregrinos siempre bajo la tutela de la Orden de Santiago. Desde el 25 de Octubre de 1877 viene administrando el Hospital, bajo la supervisión del Real Consejo de las Ordenes Militares, la Congregación Religiosa de  las Hermanas Hijas de la Caridad, labor que desempeñan con mucho tesón, gran amor y singular eficacia, siendo en la actualidad una residencia de ancianos, con una capacidad de 118, muchos de ellos en fase terminal. En la actualidad funciona bajo el nombre de “Fundación Hospital de Santiago”, de la cual es Alto Patrono con carácter honorario S.M. el Rey.
  • Conscientes de la escasez de vocaciones religiosas, se han establecido becas de diversa cuantía en los seminarios de los territorios matrices de Ciudad Real y Uclés.
  • Se presta apoyo económico y de todo orden al Convento de las Comendadoras de Santiago.
  • La Orden de Santiago colabora en el sostenimiento de albergues de peregrinos en el camino de Santiago.
  • La Orden de Montesa colabora con la ONG PROYDE en proyectos en Eritrea buscando un fin Ecuménico.
  • La Orden de Alcántara colabora con la Fundación San Benito de Alcántara.
  • La Orden de Calatrava apoya al convento de Cistercienses Calatravas de Moralzarzal, y a la Iglesia de las Calatravas de Madrid.

Respecto al fin Histórico-Cultural las ordenes intentan cumplirlo realizando las siguientes actividades:

  • La firma de un convenio cultural entre el Real Consejo y el Instituto de Estudios Manchegos de Ciudad Real, en virtud del cual se organizaron las Primeras Jornadas de Historia de las Ordenes Militares, que consistieron en un ciclo de conferencias celebradas en la Torre de los Lujanes de Madrid, las cuales han sido ya publicadas.
  • Participación de la Orden de Calatrava en el Congreso sobre Mística Cisterciense celebrado en Avila en 1998 con motivo del IX Centenario de la Fundación de la Orden de Císter y en el que  se expuso una muestra de objetos de las Ordenes.
  • Colaboración con el Instituto de Cultura Militar en el ciclo de Conferencias que organizó el mencionado Instituto en otoño de 1998.
  • Se han establecido becas para Doctorados en temas de Ordenes Militares.
  • Se ha acometido un plan de catalogación e informatización de la Biblioteca de las Ordenes, y se pretende que en el futuro pueda ser consultada por historiadores e investigadores.
“Extractado de   Sánchiz Alvarez de Toledo, Hipólito:   Aportes: Revista de historia contemporánea, ISSN 0213-5868, Año nº 21, Nº 62, 2006 , pags. 143-161″. ,”con permiso del autor”

Historia de las Ordenes Militares españolas durante los siglos XIX y XX

» Real Consejo de las Ordenes Militares » Antecedentes históricos

Durante muchos siglos, las Ordenes Militares jugaron un papel predominante en los aspectos político, económico y social de nuestra historia. Tras las desamortizaciones y las revoluciones liberales se podría hablar de una desaparición total de las mismas del panorama histórico español; sin embargo, como se verá a lo largo de estas páginas, esto no es totalmente cierto. Las ordenes militares españolas de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa han sobrevivido hasta el día de hoy aunque su papel en la historia de nuestro país ya no ocupe durante este periodo que estamos tratando un lugar central por cuanto la caída del Antiguo Régimen redujo considerablemente su poder político y económico, tardando algo más en  caer prestigio social, algo del cual ha retenido hasta nuestros días.

Este artículo tratará de atraer la atención sobre este oscuro y mal estudiado periodo de estas instituciones, el cual sigue estando prácticamente sin investigar en muchos aspectos. La historiografía actual sobre las Ordenes Militares en esta época es relativamente pobre y trata, con pocas excepciones (1),  de demostrar que ya no existen, siendo especialmente contundentes en este sentido aquellos autores que escriben desde el mundo de la genealogía. El problema de este punto de vista reside en que al presuponer que dichas instituciones ya no están en actividad ignoran toda la documentación que de esta época poseen en sus archivos, documentación a la que este humilde investigador ha podido tener acceso gracias a la gentileza de la Secretaría del Real Consejo de las Ordenes Militares.

Asimismo este artículo tratará de un modo marginal el devenir de las otras dos Ordenes Militares internacionales presentes en España más activas a día de hoy con el objetivo de comparar los diferentes devenires históricos para facilitar la comprensión del papel desempeñado por la Corona, la Iglesia y el Estado en su evolución.

I.-Historia de las Ordenes Militares españolas durante los siglos XIX yXX

a) El hecho diferencial frente a otras ordenes militares

La característica fundamental que diferencia las Ordenes Militares españolas del resto y les da una impronta especial que definirá completamente su devenir histórico, es el hecho de que a partir de su incorporación a la Corona, las Ordenes Militares, sin dejar de ser instituciones religiosas de Derecho Pontificio, fueron también Instituciones del Estado, reconocidas y reguladas por sucesivas disposiciones de orden civil a lo largo de los siglos hasta prácticamente 1931. Esta vinculación con la Monarquía española las hará sufrir casi los mismos avatares políticos a los que se vio abocada la Corona durante los siglos XIX y XX.

Si bien ya desde época de los Reyes Católicos las Ordenes de Santiago Calatrava y Alcántara estaban incorporadas de diversos modos a la Corona, no será hasta 1523 por bula de S. S. el Papa Adriano VI cuando lo serán definitivamente. Para su administración  en se crea el Real Consejo y Tribunal de las Ordenes Militares que entrará de lleno en el sistema de consejos que gobernará la monarquía Hispánica durante la Edad Moderna. La Orden de Montesa no se incorporará hasta 1598, mediante Bula de Pio V, aunque pasará a depender en principio del Consejo de Aragón y sólo se incorporará al Consejo de Ordenes a partir de 1700.

b) Las desamortizaciones y sus consecuencias.

En 1809, José Bonaparte dispone la primera supresión civil de las Ordenes Militares y la confiscación de sus bienes. Las Cortes de Cádiz, si bien suprimen el Consejo de las Ordenes y disponen la venta de las encomiendas vacantes y conventos abandonados de éstas, no cuestionan la existencia misma de las Ordenes.  En el trienio liberal de 1820 también se intenta desamortizar y exclaustrar los bienes de la parte clerical de las Ordenes. Sin embargo, estos tres paquetes de medidas no tuvieron apenas efecto alguno. Pero son las distintas medidas tomadas a partir de 1836 las que realmente afectaron de una manera brutal a las Ordenes; en un primer periodo se desamortizaron sus conventos y colegios y más tarde sus encomiendas fueron pasando a la Caja de Desamortización según fallecían los comendadores respectivos. La superficie desamortizada fue de 5.544.988 Has. , más o menos una décima parte de la superficie de España, sin prácticamente compensación alguna.

En 1851, reinando Isabel II, se establece un Concordato Iglesia-Estado con el objetivo de resolver los problemas planteados a la Iglesia por las desamortizaciones. En él, entre otras cosas, Pío IX aceptaba el expolio consumado de bienes eclesiásticos, y se acordaba una compensación económica por parte del Estado a la Iglesia española. Asimismo también se disponía la creación de lo que después fue el Priorato de las Ordenes Militares, que agrupaba en la actual provincia de Ciudad Real los antiguos territorios exentos de las Ordenes, dispersos por toda España desde la Edad Media, sin atención pastoral adecuada o de difícil administración a resultas de las desamortizaciones y exclaustraciones. Sin embargo, no se pudo realizar debido a una serie de dificultades que culminaron con el advenimiento de la primera República.

Las consecuencias de las desamortizaciones  fueron desastrosas para las Ordenes. Por un lado se las dejó prácticamente sin bienes y sin medios de subsistencia. Por otro las exclaustraciones acabaron los freyres, la parte conventual masculina de las Ordenes así como con sus sacerdotes y priores, dejando de dar atención espiritual a los caballeros. Así mismo desaparecieron los colegios mayores que los freyres regentaban con su importante actividad cultural. Prueba del colapso que supuso para las órdenes su desaparición es que es a partir de ese momento cuando se escriben los primeros ceremoniales con el objetivo de suplir la desaparición de los freyres, la memoria viva de las ordenes, en cuanto a los cultos propios.

c) La primera disolución civil: La Primera República

La República, por decreto de 9 de Marzo de 1873 y a propuesta del ministro de Estado D. Emilio Castelar, declaró disueltas como instituciones del estado a las Órdenes Militares, si bien recomendaba, tras un largo prólogo de loa a la función de las Ordenes en la historia de España, su transformación en Asociaciones. Posteriormente, en 1874, las restableció  mediante nuevo Decreto-Ley, así como también el Tribunal y el Consejo de las mismas, derogando las disposiciones por las que habían sido disueltas. Este último Decreto-Ley, propuesto por el Ministro republicano D. Cristino Martos, va precedido de una largo e importante preámbulo justificativo en el que, a partir de las Bulas Pontificias de Adriano VI ( Cum Intra, 1523) y de San Pío V (Dum Attentius, 1566), anula los decretos citados de disolución.

En el intermedio, la Santa Sede aprovechó dicha disolución civil para suprimir la jurisdicción eclesiástica de los territorios exentos de las Ordenes mediante la Bula Quo Gravius, de fecha 14 de Julio de 1873, sin previa consulta a las mismas, disponiendo pasasen a la ordinaria de los Obispados más cercanos.

d) Un periodo de calma: la Restauración

Pocos meses después de esta regulación de la situación civil de las Ordenes, y con el advenimiento de la restauración de la Corona en la persona de S.M. el Rey D. Alfonso XII, la Santa Sede, a solicitud del mismo, procede a dar cumplimiento al artículo 9.1 del Concordato de 1851, mediante promulgación, por S.S. el Papa Pío IX, de la Bula Ad Apostolicam, por la que queda delimitado geográficamente el Priorato en la actual provincia de Ciudad Real, como territorio nullius diócesis. Esta Bula instituye la Iglesia Prioral y su Cabildo, y establece diversas normas reguladoras, las cuales, junto con otras varias disposiciones del Gobierno, configuraron jurídicamente en esta época el natural funcionamiento de las Ordenes Militares Españolas hasta el año 1931.

La llegada de la Restauración y la aplicación del Concordato supone una época de tranquilidad para las Ordenes. Alfonso XIII honraba frecuentemente  con su asistencia los actos que celebran las Ordenes, y en su uniforme siempre llevaba las veneras de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, que como Gran Maestre le correspondía. Las llamaba de hecho “el florón de mi corona”. Los actos de las mismas eran plasmados frecuentemente en las crónicas de sociedad de revistas como Blanco y Negro y la Ilustración Hispano-Americana. Durante su reinado, atendiendo a la petición que le elevan los Caballeros de la Orden de Montesa, autoriza mediante Real Orden de 12 de abril de 1913 el uso de la primitiva cruz negra floreada llevando en su centro la roja plana de San Jorge, en vez de la plana de San Jorge, que había sido el símbolo de la Orden desde 1400.

Tras un complicado proceso que dura desde 1845 hasta 1931 y con documentación tanto incautada de diversos archivos de las Ordenes como la cedida en préstamo por el Real Consejo terminan integrándose en la sección de de Ordenes Militares al Estado, creándose así la sección de Ordenes Militares del Archivo Histórico Nacional, si bien el poco cuidado en las desamortizaciones propiciaron la perdida de parte documentación por deterioro y en manos de particulares y la dispersión de otra parte en archivos locales y regionales (2).

Un tema sobre el cual no existen estudios específicos en esta época es quienes son los destinatarios de hábitos. Manuel Espadas Burgos (3) afirma que desde un punto de vista social los hábitos siguen siendo apetitosos para la alta burguesía que se viene a mezclar con la alta nobleza española. Y efectivamente, por los listados de caballeros podríamos afirmar que las ordenes no pierden prestigio social en los más altos círculos de la aristocracia española y su ingreso sigue siendo complicado, excepto por dispensa real. Sin embargo, a diferencia del Antiguo Régimen, ya no hay grandes políticos en las filas de los Caballeros. Un detalle muy importante a destacar es el hecho de que son las únicas instituciones del estado que ignoran  completamente la prohibición de solicitar pruebas de nobleza y limpieza de sangre. Este hecho hace que empiecen a quedar un tanto arrinconadas desde el punto de vista del derecho premial de la Corona. Desde mi punto de vista (y, repito, a falta de estudios específicos) los reyes empezarán a preferir dar órdenes de Carlos III y títulos nobiliarios a esta nueva elite política y económica de la segunda mitad del siglo XIX  y principios del XX, quedando las Ordenes Militares como culmen del cursus honorum nobiliario para la vieja nobleza y todo aquel que aspire a codearse con ella.     Hacia 1931 había cerca de 350 caballeros de las cuatro Ordenes de los cuales casi la mitad ostentaban un título nobiliario. (4)

e) Vuelta a las vicisitudes: La Segunda República

El advenimiento de la Segunda República en España el 14 de abril de 1931 significó una nueva etapa, derivada del nuevo orden político, que alteró profundamente el normal funcionamiento de las Ordenes Militares, y cuyas consecuencias aún perduran. Por Decreto del Gobierno Provisional de la República, de 29 de abril de 1931, quedan suprimidas las Ordenes Militares, declarando también disuelto su Tribunal. Desde este momento hasta la actualidad las Ordenes Militares dejan de ser Instituciones del Estado. Se las expulsa de las oficinas que poseían en los ministerios de Justicia y Guerra e instalan su sede en un local en la calle de la Bola nº 9, junto con la importante biblioteca del Real Consejo.

Ante la protesta formal que hace el Primado de España, Cardenal Segura, por considerar improcedente el mencionado Decreto de disolución, el mismo Gobierno Provisional establece un segundo Decreto, el 5 de agosto de 1931, en el que, entre otros aspectos, se aplica a las Ordenes Militares lo dispuesto para las Maestranzas en el artículo tercero del Decreto anterior, y se las somete a la Ley Común de Asociaciones.Posteriormente se concede fuerza de Ley, con carácter retroactivo desde su fecha de promulgación, a los Decretos del Ministerio de la Guerra citados anteriormente, mediante la ley del 16 de  septiembre de 1931, de las Cortes Constituyentes.

Hasta la constitución de dichas asociaciones de derecho común, se facultaba a quienes eran miembros de las Ordenes afectadas para designar una Junta o Comisión provisional, a la que se confería personalidad jurídica para todos los actos de administración que necesitase realizar “en sustitución del suprimido Consejo de las Ordenes”. En este periodo la Santa Sede en ninguna forma altera la situación canónica de las mismas. Con el fin de poder administrar los bienes que poseen (Hospital de Santiago, Biblioteca, etc.) las Ordenes Militares se acogen a la Ley de Asociaciones vigente, y sus estatutos quedan formalizados ante el Ministerio del Interior el 9 de junio de 1932.

Al comienzo de la Guerra Civil su sede es saqueada y la Biblioteca incautada y trasladada a la Biblioteca Nacional. A su vez durante la guerra hay una gran cantidad de bajas entre los caballeros. La tradición oral entre los actuales componentes de las Ordenes nos hablan de cifras próximas a los 100 muertos entre muertes naturales, represión y bajas en el frente, aunque estas cifras están sin confirmar. Uno de los fallecidos durante la represión fue el propio Obispo-Prior de las Ordenes Militares, Monseñor Estenaga, represaliado por el Frente Popular, cuya causa de beatificación está actualmente abierta. Este fue el último Obispo-Prior que fue a la vez caballero, cosa que obligaba el concordato. El hecho de que a partir de ahora nunca más vuelva a sentarse un caballero en la sede de Ciudad Real tendrá Graves consecuencias para las Ordenes durante el periodo siguiente.

f) La difícil relación con el General Franco

Al término de la guerra civil, las cuatro Ordenes Militares y el Real Consejo de Ordenes, a pesar de las grandes bajas de caballeros sufridas en la contienda, reanudan sus actividades, incluyendo cruzamientos de Caballeros que tenían concedida la merced de Hábito por S.M. el Rey D. Alfonso XIII con anterioridad al 14 de abril de 1931. La Biblioteca Nacional devuelve al Real Consejo los libros incautados durante la Guerra Civil, que son depositados en el Convento de las Comendadoras de Santiago en Madrid (5).  Durante toda esta etapa, las tres  preocupaciones principales del Real Consejo y de los Caballeros de las Ordenes se centran en:

1.-La necesidad sentida de normalización, actualización y renovación de la vida de las mismas, especialmente a raíz de la renovación de la Iglesia tras el Vaticano II.
Durante toda esta época el Real Consejo sigue ejerciendo autoridad en el Priorato y su realidad canónica sigue vigente. El Estado español, por medio del convenio de 1941, en su artículo 7º., prevé la firma de otro para provisión de beneficios no consistioriales sobre los que la Corona gozaba de privilegios. En 1946 las Ordenes vuelven a tener otro refrendo tanto del Estado español como de la Santa Sede, ya que, en el artículo 6.1 del nuevo Convenio de 16 de junio de 1946, se dispone que las prebendas del Priorato nullius de Ciudad Real se conferirán de conformidad con su régimen tradicional establecido en la Bula Ad Apostolicam.

Mas adelante, en el Concordato de 1953 no hay ningún pronunciamiento sobre la existencia de las Ordenes limitándose a declarar la continuidad del Priorato. Durante la vigencia de este Concordato (1953-1976) tuvo lugar la renovación de la Iglesia por el Concilio Vaticano II (1962-1965), reflejada en numerosos documentos conciliares, sinodales, pontificios, etc., hasta la promulgación del nuevo Código de Derecho Canónico (1983) y otros documentos posteriores. En la misma época, el Obispo Prior de las Ordenes Militares, D. Juan Hervás (1955-1976), último designado por el procedimiento tradicional desde 1875, se esforzó por una actualización de las Ordenes, cuyas bases, en 1969, con el acuerdo del Consejo de las Ordenes, fueron remitidas a la Santa Sede.

2.-El regreso a las instituciones del Estado.
La actitud del general Franco con las ordenes fue bastante ambigua; si bien permitió su funcionamiento, nunca las reconoció como instituciones del Estado. Por otra parte las Ordenes eran invitadas a diversos actos institucionales. Incluso se llegó a crear en 1948 una comisión interministerial llamada “Comisión Asesora para la redacción de un Decreto restableciendo las Ordenes Militares”, presidida por el Obispo de Ciudad Real y Prior de las Ordenes Militares para estudiar el tema. Esta comisión se estuvo reuniendo hasta finales de los años 50. En ella se acordó una propuesta de restablecimiento que nunca se llevó a efecto, probablemente por falta de voluntad política.

3.-La renovación generacional. El descabezamiento de las Ordenes tras la muerte de S. M. el Rey Alfonso XIII no permitía dar nuevos hábitos a caballeros. La otra opción contemplada por los estatutos de las Ordenes para el ingresos de nuevos caballeros sin sanción real pasaba por que fuera el Obispo-Prior con sanción papal el que los diese, siempre que este fuera caballero de una de las Ordenes. El General franco nunca permitió que un caballero se sentase en dicha sede, aunque llegó a tenerlos en las ternas de las que él elegía por su derecho de Presentación de Obispos.

Otro asunto muy importante en esta época es la relación entre el Real Consejo y D. Juan de Borbón. En lectura de las actas de dicho Consejo vemos que éste envía representación a todo acto relacionado con la Familia Real, envía regalos a cada cumpleaños de sus miembros  y cuida con una atención exquisita sus relaciones. Si bien a principios de los años 40 demustra cierta timidez, a finales de los 50 ya es claramente filo-monarquico refiriendose a Don Juan en las actas como “Su Majestad D. Juan de Borbón”.

Hacia 1963 la situación de las Ordenes Militares se empezaba a hacer inquietante. Al no haber relevo generacional  el número de caballeros declinaba de una manera alarmante. La edad del novicio más joven rondaba los 55 años. En ese año el Consejo se aproxima a Franco con una carta de D. Juan por la cual le cedería sus derechos como Gran Maestre de las Ordenes Militares a cambio de la vuelta a las instituciones del Estado, “por la defensa que éste ha hecho de sus regalías en el último Concordato”. Este posible acuerdo con el Generalísimo podría haber permitido el nombramiento de nuevos caballeros y refleja el grado de desesperación del Consejo. Franco tarda una año en recibirles, y lo hace delante del Ministro de Justicia. Los caballeros salen encantados por las buenas palabras que el Caudillo les ha dirigido, pero lo cierto es que el Generalísimo no hará absolutamente nada al respecto.

La política de Franco con las Ordenes militares parece contradecir su política general de apropiación de atributos de la corona como Jefe de Estado (concesión de títulos nobiliarios, presentación de Obispos, etc…). Pudiera tener una explicación en el contexto de sus relaciones con D. Juan, por un lado, o bien pudieran responder a otros motivos de índole más personal. Según informaciones de los propios caballeros en el año 1940 o 1941 el Real Consejo decidió conceder el hábito de caballero de Santiago a Franco y al General Aranda y así se le comunicó y este aceptó. Sin embargo llegó un veto, probablemente de Alfonso XIII, por lo que nada de esto se pudo llevar a cabo (6).   El caso es que Franco claramente intentó terminar con las Ordenes Militares dejándolas languidecer.

g) La Instauración

El Concordato de 1953 es sustituido progresivamente por una serie de Acuerdos parciales, a partir de 1976. Al iniciarse este proceso de sustitución, la situación de las Ordenes Militares era considerada preocupante por el Consejo de las mismas, entre otras causas, por el ya alarmante escaso número de Caballeros, dado que desde 1931 se había detenido la admisión de nuevos expedientes de pretendientes de ingreso, por no existir Gran Maestre, única persona capacitada para la concesión de hábitos, (muerto Monseñor Estenaga) impidiéndose, por tanto, la renovación natural de sus miembros.

El conocimiento de los mencionados Acuerdos, especialmente el de 1979 sobre asuntos jurídicos, en el que quedaba derogado el respaldo concordado en 1953 al Priorato de las Ordenes Militares, unido al mencionado temor de extinción, indujeron en 1979 a los escasos Caballeros a acordar acogerse de nuevo a la Ley de Asociaciones vigente de 1964.

Como consecuencia del mencionado Acuerdo Iglesia-Estado de 1979 sobre asuntos jurídicos, el Priorato de las Ordenes Militares, mediante las Letras Apostólicas Constat Militarium , es elevado a Obispado de Ciudad Real en 1980 por S.S. Juan Pablo II, siendo Diócesis sufragánea del Arzobispado de Toledo, y cuyo Prelado conserva por razones históricas el título de Prior de las Ordenes Militares, cesando todo tipo de influencia del Real Consejo.

Con la llegada de la Monarquía, las circunstancias cambian muy favorablemente para las Ordenes. Desde el primer momento reciben el apoyo de la Corona. El 1 de Marzo de 1977, SM el Rey Don Juan Carlos I, concede audiencia en el Palacio Real al Real Consejo de las Ordenes, para tener su primer encuentro oficial. En 1981 es designado su padre S.A.R. el Conde de Barcelona Presidente del Real Consejo al mismo tiempo que delega en él las funciones de Gran Maestre. Este preside por primera vez el Real Consejo el 14 de Octubre de 1981, justo en un momento en que las Ordenes que estaban en peligro de extinción; tan sólo quedaban en Santiago un novicio, en Calatrava un profeso y seis novicios, en Alcántara un novicio y en Montesa dos profesos y cuatro novicios.

Gracias al regreso de la monarquía la Ordenes entran en un periodo de normalidad, donde ya se pueden conceder  hábitos y realizar cruzamientos de nuevos caballeros. Don Juan asistió prácticamente a todos los cruzamientos y actos de las Ordenes, tanto en Madrid como en el resto de España, y presidió todos los Reales Consejos hasta su muerte. Gracias a su  apoyo incondicional las Ordenes Militares españolas han alcanzado un alto grado de normalidad, hasta el punto de tener, a día de hoy, cerca de los 250 caballeros.

En 1993, tras el fallecimiento de Don Juan, S.M. el Rey nombra presidente de Su Real Consejo a S.A.R. Don Carlos de Borbón- Dos Sicilias y Borbón-Parma,  Infante de España, y desde ese momento manda poner a disposición del Real Consejo la sala del Príncipe del Palacio Real para sus reuniones, que actualmente se celebra trimestralmente.

1 Una de las más llamativas excepciones, que además se ha molestado en buscar documentación interna del Real Consejo del siglo XX, es MARTINEZ DIEZ, GONZALO. “La Cruz y la Espada” Ed. Plaza y Janés. Barcelona 2002.
2 Ver ALVAREZ´-COCA, M.J. “El consejo de las Ordenes y el Archivo Histórico Nacional” en Las Ordenes Militares en las Península Ibérica. Ediciones de la Universidad Castilla-La Mancha,
3 ESPADAS, M. “La disolución de las Ordenes Militares: del plano juridico a la realidad historica” en Actas I Congreso Ordenes Militares.Vol II. Ediciones Universidad Castilla-La mancha. Ciudad Real 1996.
4 Fuente: Estadillo de las Ordenes Militares perteneciante al año 1931. Archivo del Real Consejo de las Ordenes Militares.
5 Aunque no los armarios donde estaban depositados, armarios que todavía pueden contemplarse con las cruces de las Ordenes en la Biblioteca Nacional en el Departemento de Publicaciones Periódicas.
6 MARTINEZ DIEZ, G. “La Cruz y la Espada” Ed. Plaza y Janés. Barcelona 2002, según informaciones de la Orden de Santiago.  Sin embargo nada de esto aparece en las actas del Real Consejo.
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“Extractado de   Sánchiz Alvarez de Toledo, Hipólito:   Aportes: Revista de historia contemporánea, ISSN 0213-5868, Año nº 21, Nº 62, 2006 , pags. 143-161″. ,”con permiso del autor”

Los Siglos XIX, XX y XXI

» Orden de Montesa » Antecedentes históricos

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En los Siglos XIX y XX, sufrieron también, al tiempo que las Instituciones a las que estaban vinculadas, Iglesia y Corona, persecuciones que condujeron a la expoliación de sus bienes y derechos, sin compensación alguna por dichas actuaciones.

En dicho Siglo XIX, de graves acontecimientos para la Historia de España, se promulgaron leyes que afectaron negativamente a la Iglesia  y a las Ordenes Militares. Tales disposiciones tuvieron lógicamente incidencia grave en el funcionamiento y en la vida normal de las Ordenes. Sin embargo, su personalidad canónica ante la Santa Sede permaneció incólume.

En 1808. José Bonaparte dispone la primera supresión civil de las Ordenes Militares y la confiscación de sus bienes; situación que es modificada después, por las Cortes de Cádiz en 1812, restaurándose las Ordenes.

Posteriormente, la inestabilidad política y la aplicación de las leyes desamortizadoras  de Mendizábal y Mádoz (1835-1841), a los bienes de la Iglesia y naturalmente, a los de las Ordenes Militares, perjudicaron profunda y gravemente la estructura que venía siendo clave para el mantenimiento de las Ordenes.

Durante el reinado de Isabel II (1833-1868), Administradora Perpetua por Autoridad Apostólica de las Ordenes Militares se establece en 1851 un Concordato Iglesia-Estado. En relación con las Ordenes Militares, se disponía la creación de lo que años después fue el Priorato de las Ordenes Militares (Coto Redondo), que agrupaba en la actual provincia de Ciudad Real los antiguos territorios exentos de las Ordenes, dispersos por toda España desde la Edad Media. El titular del Priorato ostentaba el nombramiento de Obispo Titular de Dora (en Tierra Santa). Tal proyecto no se pudo realizar debido a una serie de dificultades políticas que culminaron con la renuncia del Rey Amadeo de Saboya al trono de España y el consiguiente el advenimiento de la primera República proclamada el 12 de febrero de 1873.

El gobierno de la República, a escasos días de la proclamación, por decreto de 9 de marzo de 1873 firmado por D. Emilio Castelar, declaró la disolución de las Ordenes Militares y de las Reales Maestranzas.

Posteriormente, después de la dimisión de D. Emilio Castelar y del golpe del General Pavía, el nuevo Gobierno de la República presidido por el General Serrano y siendo Ministro de Justicia D. Cristino Martos tuvo lugar el 17 de abril de 1874, el decreto de rehabilitación de las Ordenes Militares; pieza notable en su preámbulo y desarrollo, que con inigualable maestría literaria, refutaba y declaraba nulo el anterior Decreto de 9 de marzo de 1873.

Tras la Restauración, que tuvo lugar en Sagunto, el 28 de diciembre de 1874, en donde el General Martínez Campos proclamó Rey a D. Alfonso XII, se produjo, a solicitud del propio Rey ante la Santa Sede, el cumplimiento del artículo 9º del Concordato de 1851, mediante la promulgación por Su Santidad el Papa Pío IX (nono), de la Bula “Ad Apostolicam”, por la que quedaba delimitado geográficamente el Priorato en la actual provincia de Ciudad Real, como territorio “nullius diócesis”.

Esta Bula, instituye la Iglesia Prioral y su Cabildo, y establece diversas normas reguladoras, las cuales, junto con otras varias disposiciones del Gobierno, configuraron jurídicamente en esa época, el normal funcionamiento de las Ordenes Militares Españolas hasta el año 1931.

El Rey D. Alfonso XII, muere en 1885 y asume la Regencia la reina Dña. María Cristina que a los pocos meses da a luz un niño, que fue rey desde el mismo instante de nacer, con el nombre de Alfonso XIII.

La Reina, asume la Administración, por delegación Apostólica, de las Ordenes Militares, hasta la mayoría de edad del Rey, la cual alcanzó el 17 de mayo de 1902 y se le reconoció oficialmente la capacidad para reinar.

El Rey D. Alfonso XIII, mostró su apoyo y cariño hacia las Ordenes Militares, con su frecuente asistencia a los actos que celebraban y en su uniforme siempre llevaba las veneras de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, que como Gran Maestre le correspondía.

La Orden de Montesa guarda de S. M el Rey D. Alfonso XIII, un especial recuerdo, ya que, atendiendo a la solicitud que le elevan los Caballeros de la misma, autorizó mediante Real Orden de 12 de abril de 1913, el uso de la primitiva cruz negra flordelisada, llevando en su centro la roja llana de San Jorge.

La proclamación de la segunda República, el 14 de abril de 1931 y como consecuencia el destierro del Rey D. Alfonso XIII, significó una nueva y lamentable etapa, derivada del nuevo orden político, que alteró profundamente el normal funcionamiento de las Ordenes Militares y cuyas consecuencias, en cierto sentido, aún perduran.

A los pocos días del comienzo de la República y no teniendo mejor cosa en que pensar, el 29 de abril, firma D. Manuel Azaña, ministro de la Guerra un decreto provisional, por el que suprime a las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa; disuelve el Tribunal de las Ordenes Militares y se reserva las atribuciones de la soberanía que proceden de la antigua incorporación de los Maestrazgos en la Corona.

Es de observar, que en este decreto, nada se dice del Real Consejo de las Ordenes Militares, por lo que su situación jurídica quedaba “de jure” intacta. Por otro lado, tampoco se tenía en cuenta, en ningún caso, su carácter como Instituciones religiosas dependientes de la Santa Sede.

Ante semejante disparate jurídico, de supresión unilateral, reaccionó el Cardenal Primado, en nombre de todos los metropolitanos de España, solicitando la inmediata supresión del decreto, al considerarlo como materia eclesiástica sujeta al Concordato entre la Santa Sede y el Estado español.

Rectifica el gobierno de la República y emite otro decreto provisional, con fecha de 5 de agosto de ese mismo año 1931, por el que se aplica a las Ordenes Militares lo dispuesto para las Reales Mestranzas en el decreto anterior de 29 de abril; pierden el carácter oficial que tenían y quedan sometidas al régimen jurídico de la Ley Civil de Asociaciones, sin carácter militar alguno, pasando entonces, de la estructura del Ministerio de la Guerra, a la del Ministerio de la Gobernación.

Posteriormente, se otorga fuerza de Ley, con carácter retroactivo a la fecha de promulgación, a los decretos provisionales emitidos por el Ministerio de la Guerra, a los que nos hemos referido. Ley de 16 de septiembre de 1931.

Con fecha de 9 de junio de 1932, las Ordenes Militares, muy a pesar suyo y para no desaparecer civilmente, deciden acogerse a la Ley de asociaciones vigente, formalizando sus estatutos ante el Ministerio del Interior. Constituyen una Junta para gobierno y administración de sus bienes, entre los que se encontraban la Biblioteca y el Archivo.

Las Ordenes Militares, como tales, pierden el reconocimiento ante el ordenamiento civil, pero no ante la Santa Sede que en ningún momento altera la situación canónica de las mismas. Continuaron su existencia como Instituciones canónicas, celebrando sus Capítulos regularmente de forma discreta.

Durante este período republicano (1931 a 1936), las Ordenes celebraron algunos Capítulos e incluso tuvieron lugar algunos Cruzamientos y Profesiones; en cambio ya no se celebró ninguna entrada de novicios, ni hubo más concesiones de hábitos. El Rey D. Alfonso XIII, a la hora de su muerte quiso ser enterrado con el manto de las Ordenes, como así se hizo en Roma, en febrero de 1941.

Derrotada la República y finalizada la Guerra Civil (1936-1939), las Ordenes Militares, a pesar de las grandes bajas sufridas en la contienda, como así consta la lista en una gran placa de mármol que está colocada en el interior de la Iglesia de las Comendadoras de Santiago en Madrid, reanudaron sus actividades, incluyendo el Cruzamiento de algunos Caballeros que tenían concedida la merced de Hábito por S. M. el Rey D. Alfonso XIII con anterioridad al 14 de abril de 1931.

Durante esta nueva etapa del Estado Español, fallece S.M. el Rey en 1941; es decir desaparece el Gran Maestre, Administrador de las Ordenes Militares. El Real Consejo toma como primera preocupación la necesidad sentida de normalización, actualización y renovación de las cuatro Ordenes de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa. Se proponen algunas soluciones para el problema de la falta de Gran Maestre, pero no se llega a solución alguna entre la Jefatura del Estado, la Santa Sede y las propias Ordenes afectadas; sin embargo y a pesar de ello, las relaciones entre el Estado y las Ordenes Militares se mantienen cordiales y de mutuo respeto.

Como consecuencia del Acuerdo Iglesia-Estado de 1979, sobre asuntos jurídicos, el Priorato de las Ordenes Militares, mediante las Letras Apostólicas “Constat Militarium”, es elevado a Obispado de Ciudad Real en 1980 por S. S. el Papa Juan Pablo II, convirtiéndose en Diócesis sufragánea del Arzobispado de Toledo, y cuyo Prelado conservaba, por razones históricas, el Título de Prior de las Ordenes Militares.

Durante este período de cuarenta años, las Ordenes  y el Real Consejo, celebran toda clase de Actos, Consejos, Capítulos, Ceremonias, Celebraciones y peregrinaciones a los Jubileos de Santiago de Compostela, siendo formalmente invitadas, como tales, a diversos Actos oficiales.

Al finalizar este largo período, el estado de las Ordenes Militares era crítico, ya que solamente quedaban con vida:

  • En la Orden de Santiago:  1 Caballero
  • En la Orden de Calatrava:  7 Caballeros
  • En la Orden de Alcántara:  1 Caballero
  • Y en la Orden de Montesa:  5 Caballeros

Todos ellos se habían Cruzado, antes del fatídico año de 1931.

El 22 de noviembre de 1975, tras la muerte del General Franco, Jefe del Estado Español, fue coronado como Rey de España el Príncipe D. Juan Carlos con el nombre de Juan Carlos I.

Inmediatamente S. M. el Rey, encargó a su Augusto padre el Conde de Barcelona, se ocupara de poner en marcha todos los trámites para la continuación y activación de la vida y asuntos de las Ordenes Militares, culminando con éxito toda la tramitación legal correspondiente, llevada a cabo por los pocos Caballeros que quedaban, anteriores a la Guerra Civil.

Finalizados los trámites legales y adecuados a la nueva situación, S. M. el Rey, en abril de 1981, designó a S. A. R. el Conde de Barcelona como  Decano-Presidente del Real Consejo, con facultades de Gran Maestre de las Ordenes de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa.

Se reanuda así, una nueva etapa floreciente para la vida de las Ordenes Militares, llena de contenido y esplendor como Instituciones vivas bajo la protección y dirección de la Corona. Se reafirman en el mantenimiento de sus fines tradicionales como lo son, la Santificación Personal, la atención al Culto Divino en sus actos religiosos y a la Defensa de la Fe ante los males de nuestro tiempo, y a los que se agregan, por indicación del Obispo Prior dos nuevos objetivos o acciones a realizar, el Benéfico Social y el Histórico Cultural.

El 7 de diciembre de 1982, presidido por S.A.R. el Conde de Barcelona y con la asistencia del Obispo de Ciudad Real y Prior de las Ordenes Militares, Monseñor D. Rafael Torija de la Fuente, se realiza el primer Cruzamiento de nuevos Caballeros, según el tradicional Ceremonial, adaptado a los tiempos actuales, con la aprobación del señor Obispo Prior.

Se normalizan cuatro Reales Consejos por año, donde se despachan los nuevos expedientes de ingreso, siguiendo los criterios de información anteriores a 1931. El Consejo se compone de un Presidente y de dos Consejeros por Orden, además de contar con el asesoramiento de los Secretarios e Informantes de cada Orden. Se nombra un Fiscal que ostenta la máxima autoridad, en todas las cuestiones relativas a la información de expedientes.

El 1º de abril de 1993 fallece S. A. R. el Conde de Barcelona, Presidente de Real Consejo de las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, quien bajo su mandato, con el beneplácito de S. M. el Rey (q. D. g.), logró el resurgir y asegurar la pervivencia de las Ordenes Militares, que en tan grave situación encontró, al encargo de Su Majestad, por ello, los Caballeros siempre le tendrán presente en sus oraciones y en su profundo agradecimiento y lealtad.

S. M. el Rey D. Juan Carlos I, Gran Maestre Administrador Perpetuo por Autoridad Apostólica, tuvo a bien nombrar, con fecha 25 de junio de 1993, a S. A. R. Don Carlos de Borbón-Dos Sicilias y Borbón-Parma, Infante de España, como Presidente de Su Real Consejo de las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa. Por expreso deseo de Su Majestad el Rey, los Reales Consejos comienzan a celebrarse en Palacio Real en el Salón llamado del Príncipe, y así sigue siendo hasta el día de hoy.

Bajo la presidencia da S. A. R. D. Carlos de Borbón-Dos Sicilias, Infante de España se consolida el desarrollo pleno de las Ordenes, con toda clase de Ceremonias y actos de gran esplendor, entre los que podemos destacar las magníficas relaciones de las Ordenes Militares con las Fuerzas Armadas, que culminan con los Hermanamientos de cada una de ellas con los Regimientos respectivos y del Real Consejo con el Regimiento de la Guardia Real.

Es muy importante para las Ordenes Militares, ser Patronos de dos Fundaciones, dependientes del Real Consejo de las Ordenes y que están a su cargo:

  • La primera es, la Fundación del Hospital de Santiago de Cuenca, Institución que tiene su origen histórico en el año de 1182. Viene siendo administrada por la Congregación Religiosa de las Hermanas Hijas de la Caridad, siempre bajo la tutela primero de la Orden de Santiago y en la actualidad del Real Consejo. Hoy día se ha trasformado en una residencia de ancianos con una capacidad de 120 personas. Es Patrono, con carácter honorario, S. M. el Rey.
  • La segunda fundación es reciente, de hace unos pocos años, es la Fundación Lux Hispaniarum, que el Real Consejo funda para el desarrollo de los proyectos benéficos y culturales que ya se están llevando a cabo, y que constituyen el cumplimiento de los fines culturales y asistenciales que las Ordenes se han propuesto.

Finalmente cada Orden Militar, actúa con toda clase de ayudas y colaboraciones en los lugares en donde estuvieron ubicados sus territorios históricos.

En el caso de la Orden de Montesa, sus territorios históricos estaban situados en el Reino de Aragón, abarcando fundamentalmente a las actuales provincias de Castellón, Valencia y Alicante.

  • En Castellón, se mantiene un cordial vínculo con la población de San Mateo, sede que fue, durante muchos años, de los Maestres de Montesa, que residían en el Palacio Maestral.
  • Otra localidad de gran arraigo con la Orden de Montesa, es la de Alcalá de Gisbert, también en la provincia de Castellón.
  • Y como lugar principal, característico y específico para la Orden, está Montesa, con su Villa, su Iglesia y sobretodo con su Castillo que durante cuatro siglos fue sede e imagen del poder supremo de la Orden.

Destacamos en la Villa de Montesa, la Iglesia Parroquial, antiguamente dependiente del Castillo, con innumerables obras de arte todas ellas restauradas por el actual Párroco D. Juan Albelda Oltra, entre la que destaca un soberbio Órgano del Siglo XVIII, construido, en 1744 por Martín de Usarralde y Letegui y que gracias a las subvenciones aportadas por la Diputación de Valencia en 2001, con el ingente apoyo del que fue antiguo Presidente D. Fernando Giner y Giner, constituye hoy una de las joyas de esta Villa y en pleno funcionamiento con unos conciertos de música de época de enorme calidad y prestigio.

También cuenta Montesa, con un espléndido Museo, el cual contiene innumerables objetos, cuadros, libros y demás, que constituyen un tesoro para los amantes de Montesa y de su Orden, y cuya dirección la lleva a cabo D. Josep Cerdà i Ballester, cronista de la Villa.

Es justo mencionar, por ser una parte muy importante de la historia de la Orden de Montesa, el Palacio y sobre todo la Iglesia del Temple, sede de la Orden a partir del terrible terremoto de 1748 que destruyo el Castillo de Montesa.

En la actualidad, la estructura de la Orden de Montesa se mantiene, al igual que en las Ordenes hermanas, con las mismas características que en tiempos del Rey D. Alfonso XIII. Los Caballeros a su ingreso en la Orden, se les considera Novicios y deben una vez realizada su Profesión pasan a la categoría de Caballeros Profesos, los cuales constituyen el conjunto  decisorio de la Orden. De entre estos, se nombran las Dignidades y Comendadores, que constituyen, junto con los Cargos, la cabeza de la Orden.

No podemos dejar de mencionar la extraordinaria relación que existe entre las Fuerzas Armadas y las Ordenes Militares; en el caso de la Orden Militar de Montesa, nuestra acción está concentrada y dirigida hacia el Regimiento Montesa, heredero histórico de aquel que se fundó para defensa de la unidad de España en los difíciles años de la sucesión del Rey Carlos II. Y con el cual la Orden de Montesa realizó su hermanamiento, en mayo del año 2000.

La incorporación de la Orden de Montesa

» Orden de Montesa » Antecedentes históricos

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Respecto a la Orden de Montesa, los Reyes Católicos, también aspiraron a lograr la administración de su Maestrazgo, pero el Papa Alejandro VI negó la gracia de dicha solicitud.

Esto hizo, que no llegara la incorporación a la Corona de Aragón, de la Orden de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama, hasta la muerte de su décimo cuarto Maestre frey Pedro Luís Galcerán de Borja y Castro, durante el reinado del Rey Felipe II.

En 1583, el Maestre quiso convencer al Capítulo General de la Orden para que aceptase a su hijo frey Juan de Borja Manuel, como su sucesor en el maestrazgo, a lo que la Orden se negó con rotundidad. Enojó esto al Maestre hasta tal punto, que negoció con el Rey Felipe II la incorporación de la Orden, recibiendo por ello diversas compensaciones personales, entre ellas, el nombramiento de Capitán General de Cataluña, en cuyo cargo murió en 1592.

Hechos los requerimientos necesarios, el Papa Sixto V promulgó, mediante Bula de 15 de marzo de 1587, la unión e incorporación perpetua del Maestrazgo de la Orden de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama, a la Corona de Aragón.

El Rey Felipe II, primer Administrador perpetuo por delegación Apostólica, tuvo que diseñar una nueva estructura para poder gobernar la Orden de Montesa sin tener que resolver por sí mismo los negocios y causas relativas a su maestrazgo; ello le obligó a dirigir la Orden desde el Consejo de Aragón, funcionando en lo relativo a Montesa, como un consejo particular de la Orden.

Con todo, esta estructura no cumplía con los Fueros del Reino de Valencia que exigían a quien pudiera ejercer jurisdicción en el Reino debería residir en él, por lo que definitivamente hubo que crear el cargo de Lugarteniente General del Maestre en la Ciudad y Reino de Valencia. Empleo que recaería en un Caballero de hábito de Montesa. En consecuencia pasó al Lugarteniente General la jurisdicción temporal y espiritual, gobierno y justicia de toda la Orden.

Con la llegada del Siglo XVIII y la subida al trono de Felipe V, la Orden de Montesa, al igual que otras Instituciones, se vieron afectadas por diversas disposiciones de ámbito político que afectaron directamente al estatus de la Orden.

La abolición de los fueros y extinguido el Consejo de Aragón en 15 de julio 1707, el Rey mandó que pasasen al de Castilla y Cámara, todos los respectivos negocios que conocía aquel y que se agregasen al de las Ordenes, los asuntos de la de Montesa. Con estas disposiciones se produce la plena incorporación a la Corona, de la Orden de Montesa, se integra como una orden más, en el Consejo de Ordenes, manteniendo los cargos y dignidades para seguir su gobierno.

Un suceso de capital importancia, afectó de una manera irreversible a la historia de la Orden de Montesa. En la madrugada del 23 de marzo de 1748, un terrible terremoto ocasionó el derrumbamiento del castillo-convento de Montesa, muriendo cerca de treinta personas entre freyles y personal al servicio del Convento. Días después, el día 2 de abril al anochecer, otro terremoto acabó de derribar todo lo que quedaba del anterior, muriendo varias personas que se hallaban en él. La destrucción fue total, quedando inhabitable para siempre. Los freyles supervivientes, siguiendo las órdenes del rey Fernando VI, se trasladaron al palacio del Temple en Valencia.

Unos años después, en 1761, Carlos III ordenó, mediante un real decreto, construir sobre el palacio del Temple, un nuevo edificio para convento, iglesia y colegio de la Orden de Montesa. Las obras se desarrollaron entre los años 1761 al 1766, inaugurando la iglesia, todavía por finalizar, el 4 de noviembre de 1770. La obra acabó de forma definitiva en 1785 con la construcción de la capilla de la Comunión o de San Jorge.

Respecto a la relación de las Ordenes Militares, con la evolución del Ejército que se produce en esa época, partiendo, de lo que se puede considerar un inicio de participación institucional de las Ordenes Militares en el Ejército, fue creado por el Real Consejo en 1640, el Batallón de las  Ordenes formado por 10 compañías comandadas por su capitán general el Conde-Duque de Olivares, para combatir en la guerra de Cataluña (1640-1658). La Guerra de Sucesión, trajo como consecuencia una nueva actividad militar de las Ordenes Militares. Al llamamiento real de 1706, el Consejo de Ordenes creó el 10 de febrero de 1706 un Regimiento de Ordenes Nuevo, con el Duque de Aveyro como su Coronel. En 1718, estos Batallones se refunden pasando a denominarse Regimiento de Ordenes.

De esta época, en plena guerra de Sucesión, proceden los regimientos denominados con los nombres de las Ordenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa y que proceden respectivamente, de los antiguos regimientos de Santiago, Cecille, Zayas y Pozo Blanco.

En 1763, en el nuevo Reglamento de Reforma de la Caballería, el regimiento de Ordenes, aparece denominado como Regimiento del Infante.

En 1793 el Consejo financia y crea el Regimiento de Infantería “Ordenes Militares” debiendo ser su Coronel y su Capellán Caballeros de las Ordenes Militares. Lo formaban catorce compañías, siendo su primer Coronel el duque de Arión.

Las Ordenes Militares, reunidas las cuatro en la Corona Española, dirigidos los asuntos comunes por el Real Consejo de Ordenes, comienzan una nueva época en la que sin perder independencia unas de otras, se ven afectadas por las nuevas circunstancias históricas originadas por la Edad Moderna.

Las Ordenes Militares continúan manteniendo su estructura interna, encabezadas por el Maestre, ya el Rey, siguiendo a continuación el orden de Dignidades que marcaba la jerarquía entre los Caballeros Comendadores, que administraban las Encomiendas.

Las Ordenes Militares españolas, conservan en esa época el carácter de Instituciones de la Iglesia Católica, al tiempo que son parte del Estado subordinadas, a las consiguientes disposiciones reguladoras de orden civil.

En esa misma época, se fortifica de nuevo y se enaltece la tradicional devoción de las Ordenes Militares por la Virgen María, con la reafirmación del llamado cuarto voto en sus Definiciones, que se había establecido en el año de 1652, en defensa del dogma de la Inmaculada Concepción de María, hasta su proclamación por el Papa Pío IX (nono), el 8 de diciembre de 1854.

La Orden Militar de Montesa

» Orden de Montesa » Antecedentes históricos

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Para conocer las causas de la fundación de la Orden de Santa María de Montesa, se hace necesario, aún de forma somera, hacer referencia a la presencia en España de la Orden Militar del Temple.

La Orden del Templo de Salomón, fue fundada en 1118 en Jerusalén por el Caballero Hugo de Payens, para defensa de los Santos Lugares y de los peregrinos, que con enorme fervor acudían a Tierra Santa desde cualquier punto de la Cristiandad.

Consolidada y apoyada la Orden por los Papas, su poder se extiende por toda Europa llegando a España para intervenir en las guerras de Reconquista con carácter de Cruzada. Participó en los reinos de Galicia, León y Extremadura, y de una forma muy especial en el reino de Aragón. Por todo ello los reyes, le hacen donación de numerosos castillos por toda la geografía española. Recordemos, el castillo de Calatrava y el muy famoso castillo de Monzón.

Durante la reconquista del Reino de Valencia, llevada acabo por la Corona de Aragón, tuvo un papel preponderante y por ello obtuvo recompensas en plazas fuertes y amplios territorios por concesiones reales.

A pesar de haber prestado grandes servicios a la Cristiandad, en 1307 fueron acusados por el Rey de Francia Felipe IV, llamado el Hermoso, ante el Papa Clemente V, de graves crímenes y herejías, el cual ante las presiones del rey, acabó por autorizar su prisión. Fueron torturados y juzgados, acabando muchos de ellos pereciendo en la hoguera.

El Rey D. Jaime II  de Aragón, no había dado crédito a las graves acusaciones que recayeron sobre la Orden del Temple y los templarios, y así se lo hizo saber al Rey de Francia Felipe IV y posteriormente al Papa Clemente V; no obstante y con pesar, acató las órdenes del Papa y mando prenderlos. Estos, opusieron resistencia y se hicieron fuertes en el Castillo de Monzón, pero finalmente fueron vencidos, hechos prisioneros y trasladados a Salamanca donde fueron juzgados.

Con esta situación, tras la desaparición para siempre de la Orden del Temple, el Rey de Aragón Jaime II albergó la intención de poder disponer de una Orden Militar propiamente aragonesa a semejanza como tenía la Corona de Castilla con las de Santiago, Calatrava y Alcántara y que podría evitar el desmesurado crecimiento de poder de la Orden del Hospital, dentro de sus estados.

Por ello y para evitarlo, envió como embajador a la Santa Sede de Avignón al noble valenciano D. Vidal de Vilanova para tratar con el Papa Clemente V sobre el futuro de los bienes que el propio Papa le había negado para la Corona. El Rey, a través de su embajador, realiza la propuesta al pontífice para la creación de una nueva orden militar dotada con los bienes que los templarios y los hospitalarios poseían en el Reino de Valencia, además ofrecía como sede de la nueva orden el castillo y villa de Montesa que eran de propiedad real.

Nada consiguió el Rey del Papa Clemente V, pero el destino facilitó las cosas pues muerto el Papa, su sucesor Juan XXII elegido en 1316, ante una nueva embajada del Rey Jaime II, termina por acceder a sus pretensiones promulgando la Bula de creación “Pía matris eclesia” de 10 de junio de 1317, por la que se creaba la Orden Militar de Santa María de Montesa.

En consecuencia, fue dotada con los bienes procedentes de la Orden del Temple y del Hospital que tenían en el Reino de Valencia. Por su parte el Rey cumplió su palabra cediendo a la Orden, el Castillo y Villa de Montesa, con la alquería de Vallada, para construir en ese lugar el Convento, sede de la nueva Orden. La Orden toma la Regla del Cister (Regla de San Benito)

Al día siguiente de promulgar la Bula fundacional, once de junio, el Papa Juan XXII facultó al Abad del monasterio de Santes Creus, para que en su nombre eligiera el primer Maestre de Montesa.

Tras algunas dificultades con el Maestre de Calatrava, frey García López de Padilla, el día 22 de julio de 1319, en la Capilla de Santa Águeda del Palacio Real de Barcelona, en presencia del Rey Jaime II, del Obispo de la ciudad, de los Abades cistercienses de Santes Creus, Valdigna y Benifassá y algunos Caballeros de las Ordenes de la Merced, de San Juan del Hospital y de San Jorge de Alfama, frey Gonzalo Gómez Comendador de Alcañíz, con plenos poderes del Maestre de Calatrava, impuso el hábito de la nueva Orden a D. Guillem de Eril, a D. Galcerán de Bellera y a D. Erimau de Eroles. A continuación, tras  admitir la Profesión de los nuevos montesianos, el Abad del Monasterio de Santes Creus, frey Pere Alegre nombró por delegación pontificia, el primer Maestre de Montesa al noble catalán frey Guilem de Eril.

Quedó así, definitivamente establecida la Religión Militar de Montesa. Desde su fundación adoptaron como emblema una cruz negra flordelisada colocada sobre el manto blanco en el lado izquierdo a la altura del pecho.

Creada la orden, el siguiente paso a seguir, era tomar, por parte del Maestre frey Guillem de Erill, la posesión de los territorios que iban a formar parte del Señorío y que provenían de los bienes templarios y hospitalarios en el Reino de Valencia; sin embargo, durante el mes de agosto de 1319, el Maestre enfermó gravemente hasta el punto de tener que otorgar poderes al Clavero de la Orden, frey Erimau de Eroles para que en su nombre pudiera tomar posesión de las diversas villas y lugares.

Días después de que el Clavero tomara posesión de los territorios de la Orden, el 4 de octubre de 1319 moría en Peñíscola el primer Maestre D. Guillem de Eril.

Prevenido el Papa, por el Rey Jaime II de la gravedad de la enfermedad del Maestre y puestos de acuerdo los dos, en la sucesión del maestrazgo, Juan XXII, extendía una Bula por la que delegaba de nuevo, en el Abad de Santes Creus la elección de un nuevo Maestre de Montesa. El 27 de febrero de 1320, frey Arnau de Soler, personaje muy cercano al Rey Jaime II, era elegido nuevo Maestre de la Orden de Santa María de Montesa.

Es notable observar la sintonía entre el Rey y el Papa, para tan importante elección fiándose el uno del otro, dejando aquel, en manos del Rey a través del Abad de Santes Creus, la designación de una persona de confianza y lealtad a toda prueba y que satisfacía todas las perspectivas que el Rey tenía puestas en la nueva Orden.

En el año de 1393, el Maestre Frey Berenguer March, solicitó al Papa Clemente VI que los miembros que así lo deseasen, pudiesen ser armados Caballeros según las reglas de la Caballería, accediendo favorablemente el Pontífice mediante Bula de fecha 5 de agosto de 1393, así pues, para entrar en la Orden como Caballero fue necesario probar la nobleza notoria y para los freyles y clérigos, solamente legitimidad y limpieza de sangre. Posteriormente, ya en 1573, se estableció a partir de las normas y definiciones, la exigencia de un expediente escrito de pruebas de nobleza y limpieza de sangre. En Montesa esas pruebas debían de hacerse sobre los dos primeros apellidos, según las reglas tradicionales de la hidalguía de Sangre a Fuero de España.

En cuanto a las obligaciones y deberes de los miembros de la Orden, debían mantener los tres votos religiosos tradicionales de castidad, pobreza y obediencia y para el perfecto cumplimiento por parte de los Caballeros, existían freyles clérigos, con ordenación sacerdotal que organizados en Prioratos, se ocupaban del mantenimiento espiritual de todos los miembros, siendo la cabeza de todos ellos el Prior del Sacro Convento  de Montesa.

Las dignidades y cargos de la Orden eran producto del orden jerárquico dentro de ella. La autoridad suprema era ejercida por el Maestre al cual elegían los demás miembros de la orden reunidos en Capítulo General. Seguían en orden jerárquico, el Comendador Mayor que asumía la jurisdicción espiritual de la Orden en ausencia del Maestre, el Clavero que a su cargo estaban las llaves del Sacro Convento, el Obrero quien cuidaba del mantenimiento y obras del Convento, el Subcomendador guarda o alcalde del Castillo, un subclavero que ejercía la jurisdicción temporal sobre las villas de Montesa y Vallada, y un largo etcétera de albaceas, caballeros y freyles clérigos que tenían a su cargo encomiendas, vicarías, prioratos y rectorías.

El Sacro Convento de Montesa fue edificado, en gran parte, durante el mandato del Maestre frey Pedro de Tous (1327 – 1374), continuando las obras los maestres posteriores, entre otros, frey Luis Despuig (1453 – 1482) y frey Francesc Bernat Despuig (1506 – 1537).

Se produce un hecho singular en la historia de la Orden de Montesa y es la incorporación a su disciplina de la Orden de San Jorge de Alfama en 1400.

La Orden Militar de San Jorge de Alfama fue fundada en el año 1201 durante el reinado de D. Pedro II, para defensa de los territorios cristianos de las correrías de los berberiscos en las costas de Tortosa, desde Oropesa al Coll de Balaguer. La Orden nace bajo la regla de San Agustín.

Después de subsistir la Orden hasta el agotamiento de sus rentas, en el año de 1399, el Maestre D. Francisco Ripollés comunica al Rey de Aragón D. Martín I el Humano, el estado ruinoso y de extrema necesidad en el que se encuentra la Orden, lo que le impide cumplir con la misión de defender los territorios encomendados desde Oropesa hasta el Coll de Balaguer.

En vista del deplorable estado de la orden el Rey tomó la decisión de incorporarla a la Orden de Santa María de Montesa y así lo convinieron ante el rey, el Maestre de Montesa frey D. Bertenguer March y el de San Jorge frey D. Francisco Ripollés, quien renunciaba en ese acuerdo a su Maestrazgo.

El Papa aceptó la renuncia y las propuestas del Rey D. Martín y mediante Bula de 24 de enero de 1400 unió para siempre la Orden de San Jorge de Alfama a la de Montesa; pasando esta a denominarse Orden de Santa María de Montesa y San Jorge de Alfama, adoptando por imposición del monarca dada la secular devoción de los reyes de la Corona de Aragón a San Jorge, la cruz llana de gules de San Jorge en sus mantos y hábitos, continuando bajo la disciplina del Cister y la Regla de San Benito.

La Orden de Montesa, desde su creación participó activamente en las dos más importantes campañas que en aquella época tenían emprendidas los Reinos de España; por un lado y de cara al interior, la participación en las guerras de Reconquista y por otro, su implicación activa en la expansión hacia el mediterráneo emprendida por el Reino de Aragón para favorecer el comercio catalano-aragonés hacía oriente.

Ya en 1323, con motivo de la conquista de Cerdeña por el Rey Jaime II, Montesa ayudó al rey con hombres y dinero, recibiendo a cambio una serie de privilegios comerciales en el Reino de Cerdeña.

Una característica destacable de la Orden de Montesa, es su fidelidad y lealtad, siempre a favor del Rey, fuera quien fuera y en el tiempo que fuera, como así ha sido y así es hasta nuestros días.

En 1410 y 1412, la Orden de Montesa intervino activamente en las campañas de Italia al lado de Rey Alfonso V el Magnánimo. El sexto Maestre frey Rumeu de Corberá al mando de una galera combatió a los insurrectos de Cerdeña y Sicilia: Fue nombrado Almirante de la Flota en las luchas contra los Genoveses, derrotándolos en la Foz de Pisa, propiciando con ello, el dominio aragonés sobre el reino de Nápoles. En estas campañas, también destacó el séptimo Maestre frey Gilaberto de Monsoriú en 1445.

Respecto a la organización interna, la Orden se regía por sus Definiciones, es decir reglas de conducta que los miembros tenían la obligación de conocer, guardar y observar y que servían para regular la vida tanto del monje, como la del Caballero, en la paz y en la guerra. No debemos olvidar que la disciplina del Cister era la columna sobre la que se sostenía toda la estructura de la Orden. En las Definiciones se especificaba todas las obligaciones del monje junto con todo un sistema penitencial para corregir las posibles desviaciones.

En todo momento la Dignidad suprema fue el Maestre, elegido en Capítulo General por todos los Caballeros, elevándose al Papa la correspondiente propuesta para su definitiva aprobación. Algunas veces, por intervención de los Reyes ante los Papas, la elección del Maestre no era de conformidad de la Orden, dando lugar a fuertes tensiones y serias disensiones. Así por ejemplo, tenemos el caso de Fernando el Católico que en 1482, forzó la elección como IX Maestre, de Felipe de Aragón y Navarra, chocando con la reacción del Papa Alejandro VI reacio a ello, al tener intereses familiares los Borja, dentro de la Orden de Montesa.

Al quedar unidas las Coronas de Aragón y de Castilla en 1479, con el matrimonio de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel celebrado en el mes de octubre de 1469 en Valladolid, se produce el esfuerzo final, para lograr la expulsión definitiva de los árabes de España.

Pacificada la Nobleza castellana rebelde, y sometida, a la política de la Reina Doña Isabel, se alcanza con el armisticio con Portugal, una paz real y verdadera en los Estados de Castilla y Aragón, mientras continúan las luchas internas en el Reino de Granada.

En los diez años que duró la contienda de Granada, las Ordenes Militares Castellanas de Santiago, Calatrava y Alcántara y la Aragonesa de Montesa, participaron de una forma directa y eficaz tal como aparece en las crónicas de la época. Hipólito Samper nos relata la participación de Montesa en las conquistas de Mojacar, Vélez Rubio, Vélez Blanco y demás pueblos de Almería, donde el noveno Maestre frey D. Felipe de Aragón y Navarra, hijo del Príncipe D. Calos de Viana, por lo tanto, primo del Rey, va al frente de su Orden a pelear con arrojo y bravura, en el sitio, de una de las plazas más críticas y de las mejor fortificadas, como era Baza, en donde desgraciadamente muere de un arcabuzazo el 10 de julio de 1488.

Con la toma definitiva de Granada el 2 de enero de 1492, culminaron las gestas militares de las Ordenes de Caballería, que como tales, desempeñaron en la historia de España, en su lucha frente a los árabes invasores y reconquista de los territorios ocupados.

Las Ordenes Militares, en consecuencia, llegaron a tener formidables ejércitos y enorme poder en sus territorios afectos. Los Reyes Católicos ante esta situación de poder disperso, dentro de los territorios de la Corona, emprenden la modernización de sus ejércitos, en busca de la creación de un ejército más profesional y directamente dependiente de la Corona unificadora de todos los reinos de España.

Por todo ello los Reyes Católicos, y en interés de un estado moderno, inician el proceso de asunción, por parte de la Corona, de los Maestrazgos de las Ordenes Militares. Comienza así una de las empresas más delicadas e importantes, encaminada a lograr los acuerdos necesarios entre las Ordenes, la Corona, y la Santa Sede, que condujeran a la incorporación de los Maestrazgos, a la Corona de Castilla.

La incorporación de estos tres maestrazgos le supuso a la Corona hacerse con el control de unos inmensos territorios además de su intervención de forma directa en los asuntos administrativos e internos de las tres Ordenes; tales como la aprobación de expedientes personales, pruebas de nobleza, Concesión de hábitos y encomiendas, etc. Por todo ello, se creó el Consejo Real de las Ordenes; En el libro impreso en 1700, titulado “Los Magistrados y Tribunales de España”, perteneciente a la Biblioteca del Real Consejo, especifica que este Consejo fue creado en 1489. No todos los autores, se ponen de acuerdo en la fecha de su creación por los Reyes Católicos.

Para las Ordenes Castellanas, llegó su incorporación definitiva a la Corona de Castilla, durante el reinado de Carlos I por medio de Bula “Dum intra nostra” de S.S. el Papa Adriano VI, dada en Roma a 4 de mayo de 1523.

Reseñas históricas

» Orden de Montesa » Antecedentes históricos

Introducción:

Las Ordenes Militares de Caballería tuvieron su origen en la edad media, durante el siglo XII, al surgir una fuerte corriente de religiosidad de la cristiandad, dirigida hacia los Santos Lugares.

Las Ordenes Militares, que aparecen en España durante el siglo XII, Santiago en 1161, Calatrava en 1158, y Alcántara en 1156, siguen con exactitud el modelo y espíritu que emana del ejemplo seguido por las Ordenes Militares europeas con origen e implantación en Tierra Santa.

Las Ordenes Militares, siguiendo el modelo de San Bernardo, fueron la resultante de una auténtica vocación religiosa de servicio a la Iglesia, con la ampliación de su vocación aplicada a la resolución del gravísimo problema que vivieron los reinos de España en su lucha de reconquista y de recuperación de territorios, e implantación de nuevo de la religión cristiana con lo que en aquella época significaba como modelo de desarrollo espiritual y de desarrollo de las relaciones entre los pueblos, su seguridad jurídica y bienestar de las personas; es decir el desarrollo del modelo judeo-cristiano.

El Caballero, no es un mero combatiente a caballo, sino que profesaba un estado de vida permanente regido por la Regla de la Orden y las llamadas Leyes de la Caballería. Ser armado Caballero, significaba recibir el Orden de Caballería e incorporarse a un estado de vida comprometido con una manera de ser, de pensar, de sentir y de actuar.

Son estos caballeros, como decimos, los que dando un paso más se agrupan y organizan en esta milicia, dando origen formal, con el apoyo de los Reyes y posteriormente con el de la Santa Sede, a las que hemos dado en llamar Ordenes Militares de Caballería y que todavía perduran en España.

Debemos terminar estos apuntes históricos, afirmando con rotundidad, que, las Ordenes Militares Españolas de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, están viviendo en la actualidad, unos momentos de esplendor, serenidad y esperanza, al servicio de la Iglesia Católica y de la Corona de España, bajo la dirección del Presidente del Real Consejo, el Infante Don Carlos de Borbón-Dos Sicilias y el rotundo apoyo del Gran Maestre de las Ordenes Militares, nuestro Rey Juan Carlos I, al que Dios guarde muchos años.

El voto de la Inmaculada Concepción en la Orden de Alcantara

» Orden de Alcantara » Antecedentes históricos

Desde sus orígenes, la Orden de Alcántara se sintió como una institución religioso-militar de filiación cisterciense profundamente vinculada a los monjes blancos de San Bernardo, que fueron su punto de referencia durante toda la época medieval. Dicha dependencia fue tan estrecha que los alcantarinos se consideraron hijos de dicha orden monástica y, por consiguiente, verdaderos miembros de la orden de Cîteaux.

Siempre tuvo un marcado espíritu mariano especialmente desde el siglo XIII en la advocación de la Virgen de Santa María de Almócovar, presente en la Iglesia Mayor o “convento de arriba” y hacia Santa María de los Hitos, a la que se le hizo una ermita y posteriormente un convento.

Según Barrantes Maldonado,

“…Los freyles solían dezir las horas en el combento arriba en lo alto, donde está sepultado el Maestre Don Suero Martínez, con las ocho flores de lis por armas, y después el Maestre Don Gutierre de Sotomayor hizo aquella yglesia honda con las sillas de cantería, y en tanto que la hazía mandó salir los freyles y el prior a la yglesia combentual de Santa María de Almocóbar, donde se quedaron hasta que se le hizo el convento cabe Santa María de los Hitos, que nunca tornaron a la fortaleza…”

En el Capítulo General de la Orden de Alcántara, que se celebró esta vez desde el día 9 de diciembre de 1497 hasta el 15 de enero de 1498 en la villa de Alcalá de Henares, fueron nombrados por Visitadores Generales frey Nicolás de Ovando, comendador de Lares, y frey García Alvarez de Toledo, comendador de las Casas de Coria. Aunque la cédula de los Reyes Católicos dirigida al Prior del convento de Alcántara fue dada en la villa de Alcalá de Henares el 9 de abril de 1498, no fue hasta el 21 de marzo de 1499 en que comenzaron su visitación en la villa de Alcántara, días después de procederse a la ceremonia protocolaria de poner la primera piedra del nuevo convento en las afueras de la villa, próximo a la ermita de Nuestra Señora de los Hitos. Visitaron la iglesia de Santa María de Almocóvar, sus ornamentos, rentas y posesiones; el Arciprestazgo de Alcántara y las capellanías de la iglesia conventual; Iglesia parroquial de Santa María de dentro de la villa; beneficio curado de dicha iglesia; Iglesia y hospital de Sancti Spiritus; ermita de Santa María de los Hitos y el Concejo de la villa de Alcántara.

La espiritualidad cisterciense según la regla benedictina, acentuaba la austeridad de vida, la humildad, la pobreza, y la abnegación, teniendo una especial devoción por la santísima humanidad de Cristo y por su Madre, cuya humildad y virginidad atraían tanto a San Bernardo (A San Bernardo se le deben las últimas palabras de la Salve: “Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María”). A pesar de ser el Santo quizá más devoto de María, por  su probadísima entrega a Ella, habiendo llegado a sus oídos que los monjes de Lyón, en 1140, introdujeron la fiesta de la Inmaculada, el Santo Abad les escribió una carta, reprobando lo que él llamó una innovación «ignorada de la Iglesia, no aprobada por la razón y desconocida de la tradición antigua».

Los caballeros de las Ordenes de Calatrava, Alcántara y Montesa, al adoptar la regla del cister se sometían a los tres votos de Obediencia, Pobreza y Castidad. Con el tiempo estos votos se fueron relajando e incluso relegando. Por ello en 1652, bajo el Maestrazgo de Felipe IV, las ordenes españolas tomaron un voto nuevo: el de defender la Doctrina de la Inmaculada Concepción. Esta fue la última manifestación de espíritu religioso en estas órdenes.

Los Caballeros de Alcántara hacen el  2 de febrero de 1653 el siguiente juramento y voto: “De común acuerdo, postrados de rodillas, derramando nuestros corazones en afectos tiernos de servir a la Virgen, juramos y votamos sobre los cuatro santo Evangelios y a la Santa  Cruz que ahora y siempre asentiremos, afirmaremos, profesaremos y defenderemos que la Virgen Santísima Maria, Madre de Dios y Señora nuestra, en el instante de su animación natural no tuvo mancha de pecado original en su Purísima y candidísima alma; por haber estado prevenida y preservada en el instante que el alma se unió al cuerpo con la gracia habitual santificante que la poderosa mano de Dios Omnipotente le infundió por virtud de los merecimientos de la pasión y muerte de Cristo nuestro Señor.

La iglesia inconclusa dentro del conventual de San Benito de Alcántara, del siglo XVI, está unida al ala meridional del claustro y fue construida con posterioridad a la casi totalidad de todo el convento. Sobre la puerta, en piedra de sillería del arco, tiene la siguiente inscripción “ESTE TEMPLO Y CONVENTO ES DEDICADO AL CONCEPTION DE NVESTRA SEÑORA”.

El 8 de Diciembre de 1854, el Papa Pio IX, declara el dogma de la Inmaculada Concepción con estas palabras: “Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles“.

Al alcanzar la categoría de dogma cobra mayor importancia aún para los caballeros el Voto de la Inmaculada Concepción, teniendo toda su vigencia en la actualidad.

La filiación cisterciense de la Orden del Pereiro-Alcántara desde sus orígenes hasta el  siglo XVI.
LUIS CORRAL VAL – Doctor en Historia Medieval – (Univ. Complutense)
B.N.E. Mss.- 17996 Noticias de Alcántara escritas por Pedro Barrantes Maldonado. Opus cit. – Fol 47 v.
Visitación de la Villa de Alcántara por Frey Nicolás de Ovando y Frey García – Álvarez de Toledo en el año 1499 JOSÉ MARÍA LÓPEZ DE ZUAZO Y ALGAR

Reseñas históricas

» Orden de Calatrava » Antecedentes históricos

A la muerte del Rey Don Alfonso VII, la situación en la frontera con el Islam, es sumamente crítica, y los caballeros Templarios que fortalecían el castillo de Calatrava, deciden que no tienen fuerza suficiente para sostener la posición, y devuelven al Rey dicha fortaleza, antes las amenazas musulmanas.

A pesar de lo difícil de la situación y sin temor al posible fracaso que se preveía, el abad de Fitero Frey Raimundo Sierra, se ofrece para defender Calatrava, empresa que nadie quería aceptar en la Corte de Toledo.

 

 

Raimundo de fitero acepta la oferta del rey Sancho III para hacerse cargo de Calatrava

Se le autoriza la misión solicitada y acompañado el que llega a ser San Raimundo, por Frey Diego Velázquez que había sido gran soldado, y de otros monjes y guerreros, se instalan en Calatrava, se organizan como Orden Religiosa del Císter y se encargan de defender la frontera.

Con gran acierto en el mando, muere San Raimundo en 1163, y la empresa resulta con un gran éxito, por lo que el Rey les concede amplios territorios.

En 1164 la Orden queda convertida en milicia mediante la aprobaci6n de la Bula, que concede el Papa Alejandro III y es en 1199 cuando el Papa Inocencio III la tomó bajo su protección confirmando sus costumbres y estatutos según la supervisión del Abad de Morimond. El hábito de la Orden en un principio fue un escapulario con cruz en el pecho y capucha, hasta que el Papa Benedicto XIII, en 1397 dispuso mediante Bula la eliminación de la capucha y defini6 la cruz como flordelisada de color grana. La batalla de Alarcos, supuso la pérdida de Calatrava, y el monasterio de Ciruelos sirvió de cabeza de la Orden, hasta que el Maestre Frey Ruy Díaz Yanguas reconquistó Calatrava en 1212. Tuvo también una actuación destacada en la reconquista, y varios de sus maestres fueron bajas en los combates, cabe citar la de Frey Ruy García en las Navas de Tolosa, Frey Ruy Pérez Ponce fue herido en Aznalloz, y más tarde sucumbió con heroísmo al frente de sus tropas en la batalla de Arcos de la Frontera. Los Maestres frey Diego García de Padilla y Frey Martín L6pez de Córdoba también murieron en combate, este último en Sevilla.

Reseñas históricas

» Orden de Alcantara » Antecedentes históricos

En el siglo XII se instituyó en el reino de León, la orden de San Julián del Pereiro, que después se denominó de Alcántara.

En esta Orden también nos encontramos que tuvo el ordinario antes de su Bula de fundación, por lo que se hace difícil decir la fecha exacta de sus orígenes y algunos historiadores sostienen que la Orden fue instituida por los hermanos D. Suero y D. Gómez Fernández Barrientos en el año de 1156.

Existen documentos que prueban lo anterior, como son la escritura encontrada en el monasterio de Alcobaca, y otros escritos fechados con anterioridad a la Bula de Fundación, tales como los que aparecen en el Convento de San Benito en Alcántara que tratan sobre unas huertas que pertenecían a la orden.

La Bula de Aprobación la concede el Papa Alejandro III en 1177 bajo la regla de San Benito y con inclusión en la orden del Císter.

Al conquistar el Rey D. Alfonso IX, la villa de Alcántara en 1212, se queda la orden de Calatrava de guarnición en la plaza, y en el año de 1218 el Maestre de Calatrava frey D. Martín Fernández entregó la plaza al Maestre de San Julián del Pereiro D. Nuflo Fernández. Los caballeros de esta última Institución quedaron como filiales a los de Calatrava, y adoptaron como insignia además del peral, que era el símbolo del Pereiro, dos trabas a semejanza con la de Calatrava.

La Orden perteneciente al Císter, tuvo como visitador al Maestre de Calatrava, y con el paso del tiempo la orden de San Julián del Pereiro tomó el nombre de la villa que ocupaban, es decir el de Alcántara.

Durante la reconquista se distinguió esta Orden en las empresas que los Reyes de Castilla realizaron sobre Extremadura. Los castillos de Portillo, Montánchez, Almeida, Magacela, Medellín,

Badajoz, Trujillo y Ciudad Rodrigo son prueba de otras tantas victorias de la Orden. También participaron en la conquista de Andalucía hasta la conquista de Algeciras.

El símbolo de la orden se cambió en el año de 1414, mediante la Bula del Papa Benedicto XIII, que estableció la cruz flordelisada verde que perdura hasta hoy en día.

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